El campeón sigue con ángel

El Atlético gana al Celta con dos goles de Correa. Aspas acercó de penalti, después de que el árbitro, avisado por el VAR, lo viera en una mano dudosa de Llorente. Bronca final.

Ochenta y cinco días después, el Atlético dejó su corona en el vestuario de Balaídos con intención de, dentro de 38 partidos, volver a ajustársela sobre la cabeza. La corona de campeón, de mejor de LaLiga. Comenzaba a defenderla en la ciudad de la lluvia, bajo la ola de calor. E inició esta temporada como terminó la pasada: con victoria. Y con mucho ángel. Además de la gente, que volvía a la grada, 7.000 personas desperdigadas por 29.000 asientos y atronaban fuerte, tan como antes, en el primer paso del fútbol hacia esa vieja normalidad, tan añorada.

El partido comenzó con un tanteo. Los dos equipos midiéndose, con una presión intensa, agresiva, y el Atlético picando más por el área de Dituro. Pero, a medida que fueron pasando los minutos sin ocasiones, el Celta no perdía el orden, esperando una contra, incomodando cada vez más el movimiento rojiblanco. Había salido Coudet con dos de sus caras nuevas (Javi Galán y el portero Dituro), Simeone sin ninguna, dibujado 5-3-2, Llorente en la derecha y Carrasco en la punta, con Kondogbia por sorpresa en su once, De Paul en el banquillo y, como único ‘fichaje’, Saúl en el carril izquierdo, que sigue, que aún no se ha ido y puede ser en la banda esa incorporación que el Cholo necesita. Si se deja, si quiere. Ayer lo hizo.

Como Correa. De su botín derecho nació el primer disparo entre los tres palos del partido que voló hacia la portería de Dituro como una bocina enfurecida. Había robado Hermoso la pelota, la había conducido Lemar, fijando, rompiendo líneas, asistiendo. El balón de Correa se coló por la escuadra del portero saltando por los aires toda la pelea del Celta.

El tanteo había terminado. Si el Celta en la primera parte sólo tuvo una ocasión, un disparo de madre de Aspas, sin ángulo, a los guantes de Oblak, el Atlético andaba ya por el área de Dituro sin los remilgos de un visitante. Aspas sacó bajo palos un remate de Hermoso, Carrasco, en la punta con Correa, envió al cuerpo de un rival otro balón de un Lemar capital, indetectable por dentro, desarbolando a cada pisada con pases de gol y conducciones eléctricas. El oxígeno lo ponía Kondogbia, un muro y un pulpo, descomunal. El reloj del partido estaba en sus pies.

La segunda parte continuó como si la caseta no hubiera pasado. El Atlético dominador, el Celta con pelea pero una necesidad: más cemento en el centro. El Atlético no dejaba de sacarle las costuras a su verticalidad. Pero, entonces, Iago Aspas se encontró en ese punto que tanto le gusta: el de penalti frente a Oblak. Había pasado Munuera Montero un par de minutos frente a la pantalla. Había llamado el VAR al árbitro para susurrarle al oído sus dudas sobre una mano de Llorente en el área. Una pelota de Aspas le había rebotado en el pecho y luego en la mano. Sin aparenten intención. Pero los designios de los árbitros siguen siendo inexplicables. Lo pitó. Lo marcó Aspas, engañando a Oblak. Cinco minutos le dolería el disparo sólo al Cholo. Que Correa seguía sobre la hierba. Y su ángel castigaría sin perdón otra pérdida del Celta.

Saúl mediante, claro. Un Saúl que caía por dentro y desestabilizaba, un Saúl de menos a más, un Saúl que inició la jugada y la decantó con un pase decisivo. No había llegado la pelota al fondo de la red y Koke ya corría, en modo capitán, como un poseso, a abrazarle. Cuánto necesitaba algo así, confianza, espantar las sombras de la temporada pasada.

Se volcaría el Celta sobre la portería de Oblak, a la desesperada y sobre las espaldas de Aspas que, inexplicablemente, enviaba fuera, a puerta vacía, todo lo que siempre le va dentro. Las balas silbaban sobre el esloveno sin llegar a rozarle. Sobre el césped ya Luis Suárez, de regreso, ya De Paul, de estreno, y tanta tensión acumulada, brega, amarillas por doquier, que un pisotón de Hugo Mallo a Suárez en los siete minutos de añadido desató la tangana, la bronca, con empellones y rojas para Hermoso y Mallo y más lluvia de amarillas. La última fue para Giménez, un segundo después de que Kondogbia desviara con la cabeza un disparo de gol de Aspas, dos antes de que el propio Giménez sacara sobre la línea cuando el reloj ya rondaba el cien. El final llegó en medio de la taquicardia y la bronca, con la corona del Atlético brillante, aún sin mácula. 

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