El Atlético no tiene explicación

Los partidos del Atlético duran como mínimo hasta la última jugada. Apuesten desde aquí a que cualquier día de éstos aún sucederá algo después de la conclusión. Por el colegiado no será, que después de la diana de Suárez en el minuto 96 aún concedió otros cinco por si acaso. El caso es que el uruguayo certificó a última hora un triunfo que se antoja fundamental después de uno de esos partidos en los que nada le sale. Ni controles ni remates ni acción que se precie. De hecho el penalti está tirado de aquella manera, a medio camino entre el panenka y la pifia. Pero llegados a este punto conviene aclarar una cuestión: las penas máximas del fútbol se dividen entre las que entran y las que no. Y ésta entró. No hay más.

Y era la del triunfo porque poco antes había llegado la del empate. La primera muesca en el revólver de Griezmann tras su retorno. Jugada maravillosa, por cierto, en la que desatascó Lemar y asistió Lodi. Se trataba, en fin, de tres de los futbolistas que había utilizado Simeone en el empeño por enderezar lo que torcido andaba. Más de una hora jugó en superioridad numérica el Atlético, casi todo el segundo acto con los ya mencionados más Correa y más Joao. De perdidos al río. Parecía que iba a ser incapaz siquiera de rescatar un empate que más que por el punto conseguido hubiera resultado útil por los sustraídos al rival, pero hete aquí que, establecidas por fin las tablas, topó con la victoria después de que Kalulu jugara con la mano lo que Lemar pretendía jugar con el pecho.

Antes de todo eso, en el arranque de la sesión, el Milan disputaba el mismo partido que el Atlético… un par de segundos antes. Para cualquier acción, además, fuera defensiva u ofensiva. La determinación con la que se manejaba la escuadra italiana es la que exige la competición continental y la que no hace tanto alcanzaba su rival sin demasiado apuro. Ahora no: ahora el equipo rojiblanco parece por momentos un ejército de almas en pena, asustado por cualquier escenario, tanto más por una caldera como la creada por la hinchada local.

Todo lo que hacía el Milan resultaba intenso, todo lo que hacía el Atlético se antojaba flácido. Ya había avisado Brahim con un primer disparo, pero los acontecimientos se desataron sobre los 20 minutos, cuando se hizo mal todo lo que se podía hacer mal, primero la pérdida de pelota, después el permiso para la contra, por fin el fuera de juego tirado, de modo que a Rebic le pusieron una alfombra para el mano a mano con Oblak. Afortunadamente el esloveno negó ahí la vía, desafortunadamente sus compañeros se empeñaron en reabrirla apenas una jugada después: la docilidad con la que se aceptaron tanto la maniobra de Brahim como el disparo de Leao, ambos dentro del área, sacan los colores a cualquiera.

Como todo lo hacía el Milan, también fue el Milan quien se encargó de igualar lo que discurría tan desigual. El gol de más se compensó con el jugador de menos, situación provocada por un Kessién absolutamente imprudente en su acción sobre Llorente contando ya con tarjeta… o quizás absolutamente convencido de que no hay colegiado que en la contienda europea expulse a un futbolista de la casa con apenas media hora disputada. Çakir lo hizo para desesperación general… y para pasmo del propio Atlético, que no tuvo claro qué hacer con esa superioridad. Por si vale como ejemplo de la actitud visitante, una chilena posterior de Leao que se estampó en el larguero venía de un servicio largo del guardameta.Trippier hizo mutis por el foro antes del descanso, se supone que tocado por lo físico, y Simeone envidó ya ahí con Joao, lo que retrasó a su vez las posiciones de Llorente, para ocupar la del inglés, y Correa, para desempeñarse como interior. La jugada previa al descanso aún dejó un servicio del argentino enganchado por Suárez sin la precisión suficiente, sólo hubiera faltado retirarse con empate tras semejante espanto. Esta vez sí, esta vez El Cholo movió más piezas en el entreacto. Pioli había resuelto lo de quedarse con diez tirando de Tonali para reforzar su mediocampo.

Pero el Milan fue pagando el desenfreno anterior, cosa lógica por otra parte. El arsenal rojiblanco aún aumentaría con los dos franceses y el partido se jugaba ya cuesta abajo hacia Maignan, con la escuadra rossonera procediendo a un ejercicio solidario para defender el resultado. Algunas tuvo el Atlético, no se puede decir que no, especialmente un cabezazo de Suárez, pero todo resultaba demasiado trabado en el empeño por superar líneas. Y en éstas se retiró Bennacer, el mejor de la noche. Y en éstas se originaron el empate y el triunfo. Nada por aquí, tres puntos por allá. Es el Atlético, amigos. Nadie lo puede entender.

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